Pedazo de Vida

No puedo evitar pasar. Intento pero no puedo. Ellos tendrán algunos documentos firmados. Yo miles de recuerdos.

Recuerdo la canilla en el medio del patio, siempre al acecho de rodillas distraídas en persecuciones de poli-ladrón.

Recuerdo el limonero en el fondo, con un clavo en la segunda rama donde el tío colgaba los fuegos artificiales de navidad.

Recuerdo los dos faroles del patio donde atábamos una soga para armar una cancha de tenis con Papá.

Recuerdo un fondo largo y verde, lleno de arbustos, yucas y pastos, donde cortarlos era un castigo del dios del sol.

Recuerdo la escalera empinada a mi cuarto. Esa que varias veces baje rodando y muchas más subí borracho.

Recuerdo la cocina con olor a buñuelos de mañana, donde dormí los primeros días de mi vida por llegar temprano al mundo.

Recuerdo una cucha del perro digna de grandes construcciones de Discovery Channel. Su tamaño era Inversamente proporcional al cariño que le teníamos.

Todo esos recuerdos en mi cabeza mientras yo cruzaba la calle en dirección a una señora rubia que con preocupación se apuraba a cerrar la reja con doble vuelta de llave.

“Buen día. Usted no me conoce” le dije, “Pero viví en esta casa muchos años”. A juzgar por su cara de asombro de todas las cosas que ella hubiera imaginado que podrían pasar en el combo de un desconocido, la inseguridad del Buenos Aires y a la aventura de entrar a tu casa, está no figuraba en la lista.

Después de unos segundos re-calculando cómo GPS, la llave dió otras dos vueltas. Literalmente hay palabras que abren puertas.

“Mira. Yo no te conozco”, respondió ya más relajada, “pero lamento mucho lo que le paso a tus papas. Eran los dos muy queridos en el barrio”. Ahora era yo quien con un gancho al corazón estaba a punto de un knock out emocional.

Cuando pude recuperar el aliento y no haciendo caso a la frase “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver” le pedí si me dejaba entrar a su casa. Mi casa. Necesitaba verla.

Cruzar la puerta fue una mezcla de viaje en el tiempo y excursión a la ciudad de los niños en la Plata.

El limonero no era tan alto. La canilla ya no amenazaba mis rodillas. El fondo no era tan grande ni tampoco tan verde. La escalera ya no se veía tan amenazante, aunque reconozco que en mi desconfianza la subí y la baje bien agarrando del pasamanos.

Para mi sorpresa, una sola cosa había cambiado en estos veinte años. Yo.

Juntos recorrimos mis rincones preferidos. Ella me llevaba por un terreno conocido y yo me limitaba a indicarle en que pasillo doblar.

En la cocina, la misma heladera SIAM que estaba prohibido abrir descalzos todavía vivía a pesar de su manija rota. En el piso. La cuarta cerámica de la segunda fila seguía rota desde que se me cayo el frasco de mayonesa. Pude volver a sentir la chancleta de mamá.

El farol verde del patio seguía con el vidrio roto. Como si todavía se pudiese escuchar el grito del público en aquel pelotazo. Un smash con paletas de Playa que festeje como si hubiese ganado Wimbledon.

En la puerta de madera de mi cuarto, otro regalo. Las calcomanías del Rápido Argentino, River y Bridges to Babylon de los Stones como si su visita a Argentina hubiese sido ayer.

Encontré muchos más secretos. Imperceptibles a los ojos de quienes no vivieron. Entonces. Solo entonces respiré aliviado. Mientras esa casa siga teniendo esos pedazos de vida, todavía sería mía.

(** Una historia real **)

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