Chinos y cacao

Miguel Ángel. El tío. El negrito. Era el único de la familia que había pasado por Ezeiza y sumado en sus viajes millas de lucidez.

Si bien te definías como “tenedor de libros” (un contador cuando existían libros contables) para nosotros eras un escapista de charlas adultas sin sentido, un bombero disponible a apagar incendios bombeando buenos consejos o un médico con botiquín lleno de preguntas para hacernos reflexionar; tenías línea directa con los más chicos, tal vez porque los grandes ya estaban congestionados por demasiados prejuicios.

Cuando tocaste timbre, no terminaste de pedirle permiso a mamá que yo ya estaba peinado y perfumado con colonia Pibes junto a tu Fiat 600 rojo. El Fito. La bolita. El Fitito. El 600.

Levantaste el asiento para invitarme a subir atrás y me pediste que me agarrará de una correa que colgaba del techo; La falta de cinturón de seguridad no era una preocupación es esos días; había cosas más peligrosas como pitufos asesinos, contrabando de drogas en stickers de chicles o apariciones nocturnas del hombre gato por el barrio.

Por una autopista desierta en fin de semana nos perdimos entre los edificios del centro. Dejar atrás el barrio y la General Paz convertía nuestra excursión en toda una aventura.

Después de un par de vueltas de calecita por empedrado tortuoso, estacionamos frente a un local de toldo rojo y letras blancas. El texto “Los dos chinos” me hizo pensar que quizás eran conocidos de tus viajes.

Busque sin éxito a los chinos en la confitería, pero lejos de ser atendido por sus dueños el local llevaba ese nombre solo por referencia popular a dos estatuas que adornaban la puerta. Mi cara cambió cuando detrás del mostrador una señora sacó un huevo de pascua tan grande y tan lindo que solo pude abrazarlo.

Mientras los grandes elogiaban a los chinos y el cacao, a nosotros nos desvelaba descubrir que escondía en su interior. Misterio que sería develado a martillazos.

Dentro del huevo había otros conejos de chocolate y dentro estos, bombones con forma de pollitos. Una especie de Mamuska Darwineana empalagosa.

Dentro nuestro, un recuerdo eterno que se activaría cada domingo de pascua.

Gracias tío y Felices pascuas!

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