Ojos cerrados. Corazón abierto

Acabo de soñar con vos. Quizás porque ayer te pensé más que todos los otros días o tal vez en terapia te nombre más que en otras sesiones. O tan solo trato de encontrar una receta para repetir mi suerte.

En todo momento supe que era un sueño. Era ilógica y muy evidente esa combinación caprichosa de caras conocidas con peinados extraños, de ver a compañeros de primaria en el súpermercado o tener la cancha de Chicago justo en frente la plaza de nuestro Tápiales. Hasta el más tonto (como yo) se daría cuenta de esos errores.

Nada encajaba hasta que nos encontramos. Estabas sentado en una mesa de madera junto a mamá y un puñado de extras cuyo único trabajo es sumar confusión a los sueños de la gente.

Nos abrazamos despiertos. Con los ojos cerrados y el corazón abierto como se abraza la gente que extraña. Hasta que mi reloj, que esta vez tuvo poco de inteligente, me alertara que era hora de volver a despedirnos. Reabriendo el duelo entre el DEBER y el QUERER, ya un clásico de diván sin público visitante.

Con una lucidez de un sábado, salte de la cama para escribirte. No podía esperar. No podía arriesgarme a perder el resto de nuestro sueño. No puedo correr el riesgo que mi memoria injusta te traspapele con los primeros rayos de luz.

Así me convierto en otro reflejo pálido de celular. Uno más de miles, que en esta cuarentena tipea desde un inodoro incómodo y una casa oscura, que aún tiene la suerte de seguir durmiendo.

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