La felicidad se mide en Sugus de ananá.

Cuando era chico tener un amigo con pileta era una figurita difícil. Ya tener un amigo con pileta, colecovision y cancha de paddle, como tenia Belcastro, te hacía presidente del Cromy club.

Ir a la casa de Belcastro era siempre un gran plan y esta vez su cumpleaños prometía ser una fiesta inolvidable. Muy diferente a esos “asaltos” donde los chicos llevaban bebidas, las chicas comida y se bailaba con distancia social bajo la mirada inquisidora de algún adulto.

Ese viernes me bajé del auto con zapatillas nuevas, camisa adentro del pantalón y un sol que derretía la brea de la calle. Ante mi apuro por encontrar al amor de mi vida, mi viejo bajando el volumen del estéreo del auto dijo “Cabezón -así me decía- te busco exactamente acá a las 12:00”.

Cuando uno es chico desarrolla ese instinto de supervivencia que indica que cuando tu viejo baja la música del auto es para decir algo importante y no negociable.

El cumpleaños tenía más de lo que había prometido. Tenía juego de luces, tenía maquina de humo, tenía DJ con CDs y para nuestra desgracia, tenía también a todos los de quinto año. Cosa que inmediatamente significaba que nadie nos iba a dar bola esa noche.

Después de un par de intentos fallidos y en una sobredosis de Sugus azules decidimos irnos. Nada podía salir mal, al final la felicidad se mide en Sugus de ananá.

Así nos fuimos caminando para la casa de Gustavo “El Farma”, un hincha de boca lleno de rulos que vivía frente a la estación, en un edificio mitad farmacia-mitad casa, que le daba su apodo y lo haría años más tarde un invaluable dealer de forros.

Para ahorrarnos unas cuadras decidimos cruzar la vía por el pasaje Iriarte, lejos de la barrera y la única zona iluminada. Esa mala decisión nos costo las zapatillas, los pantalones y un buen susto cuando dos Natalia/Natalia armados convirtieron el “asalto” algo más literal.

Para esa instancia no se que me dolía más. Si perder mis zapatillas nuevas, si la patada en el culo que uno de los N/N me dio al grito de “Corre pendejo y no mires para atrás!” o la cabeza de pensar decenas de excusas para cuando llegue mi viejo, que venia a buscarme una hora antes y a cinco cuadras de diferencia de donde habíamos acordado.

En el interrogatorio familiar inventé que la madre de Belcastro nos había echado de la fiesta. La pésima excusa parecía funcionar hasta que mi viejo agarro las llaves del auto y me invitó que lo acompañe a hablar con esta señora que había dejado a su hijo en medio de la noche a la deriva. 


Había recorrido muchas veces esas veinte cuadras hasta la casa de Belcastro, pero nunca las había hecho pálido, mudo y desesperado a la espera de un milagro que no llegaría.

Cuando el viejo estacionó en el mismo lugar que el día anterior y paró el motor, confesé todo.

Dicen que “Valiente es aquel que dice la verdad aun sabiendo que lo perderá todo”. Yo no solo había mentido como un cobarde, sino también perdido todos los fines de semana que le quedaban a ese verano.

FIN

Dedicado a mi viejo y a Gustavo Jorge con quien hemos compartimos muchos momentos hermosos y ahora nos tocan algunas duras tristezas. Abrazo amigo, mucha fuerza!

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