El coleccionista

Algunos juntaban marquillas, boletos de colectivo o estampillas. Yo coleccionaba sonidos como si fueran figuritas.

Los sonidos son como nuestro DNI, únicos e intransferibles. Es por eso que sabemos quien llegó por el sonido de la llave en la cerradura, quien sube las escaleras y que humor tiene por el sonido de sus pisadas o quién se está bañando por como suenan las gotas en la bañera. Los sonidos son el Tic-Toc que nos da vida como si fuésemos relojes.

Empece este hobby el primer día de Séptimo grado cuando la maestra la presentó frente a la clase. Su timidez marcó que sería un desafío pero sus ojos celestes valían todo esfuerzo.

Durante las primeras semanas conseguí solo un par de bostezos de no querer volver a clases y el sonido de sus pasos al tomar distancia. Con los primeros fríos sumé su nariz moqueando, un resfrío y varios estornudos repetidos que guarde en caso que pudiera cambiarlos.

De las clases de música tenía sus pisadas sobre el parquet del salón de actos y sus acordes en el piano. En los recreo había encontrado el sonido de su risa, sus pies saltando la soga y en un partido de quemado atesoré las sílabas de mi nombre cuando me gritó para que esquivase un pelotazo. Ese era uno de mis favoritos, como las figuritas troqueladas de escudos o los estadios de la copa.

Para fin de año había sumado su sonido al abrir los ganchos de la carpeta, al masticar chicle, al pisar el elástico, al arrastrar la silla, al cerrar de la mochila, al jugar con su Parker automática y al borrar la hoja con goma azul hasta agujerearla.

Las clases, la primaria y la infancia se estaban terminando por lo que tenia pocas oportunidad para conseguir los que me faltaban.

En un cumple jugando a las escondidas reconocí sus pasos. Me asomé y le hice señas para que nos escondiésemos.

Juntos los sonidos desaparecieron como cuando uno cierra la ventana que da a la avenida. Le confesé que me gustaba, que no podía prestar atención a matemáticas y le pregunte si quería ser mi novia. Esa respuesta valía más que la figurita del Diego.

Un silencio incómodo duró unos segundos hasta que el grito “piedra libre para todos” sentenció que el album y yo quedaríamos incompletos.

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