Aquellos días felices

Soy un intruso descalzo gambeteando Legos en la oscuridad.

La habitación es tan pequeña como su dueño. Con una cama, una mesita de luz y un ropero que solo un campeón de Tetris podría haber metido ahí.

Afuera y adentro hace frío. Él duerme destapado como siempre. Acurrucado y con las manos entre las piernas. No hay nada mas lindo que ver a los hijos dormir, pienso mientras trato de atesorar algunos segundos de esa niñez que envejece.

Me siento en la cama. No sé si es el tirante quejándose por el sobrepeso o el perro del Toto, el carnicero, que ladrando como un gallo lo despierta. Todavía en penumbras, despega los ojos y medio dormido pregunta: “Hoy, hay escuela?!?”

Los días o los años poco valen cuando aún se tiene toda la vida por delante. Tampoco importa realmente si hoy es lunes o jueves, si la tortura que nos espera es la misma.

Yo fui feliz martes y viernes. Esperando con mamá bajo la sombra del álamo que doblase por la esquina la camioneta verde de Vinos Galán.

Gabriel era más esperado que el heladero. Para nosotros subirnos a su F-100 entre damajuanas de tinto y hacer el reparto era más divertido que el Italpark. Un juego al que solo podías acceder si medias más de un metro y tenías todas las tareas de la semana hechas.

Un viernes mientras estábamos sentados en el cordón de la vereda las noticias llegaron primero que Gabriel. “Parece que hubo un choque fuerte en la avenida” murmuraban las amigas de mama.

Los choques siempre atraen curiosos. Pero cuando los protagonistas son un camion de vacas camino al matadero y una camioneta cargada de vino, es razón suficientes como para interrumpir lo más sagrado y intocable de un barrio. La

Siesta.

Con caras de dormidos y poca gomina, mis vecinos salían como hormigas en pantuflas. Corrían desordenados con sogas y baldes en todas direcciones, como en una de esas películas de “Domingos de Super Acción” que viene un meteorito contra la tierra o una ola gigante esta a punto de borrarnos del mapa.

Ese fin de semana hubo asado, vino y fiesta en cada casa. Cada esquina. Una felicidad que no se reflejaba en mi cara y que hoy reconozco en la de mi hijo cuando le respondo: “Si gordo, Hoy hay escuela”.

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