Enredados

Era la primera vez que faltar a gimnasia no me hacía feliz. Los dos salimos del consultorio sin decir palabra, con un silencio sinónimo de que se venían tiempos difíciles.

Mamá manejo bajo la lluvia las veinte cuadras de regreso sin siquiera prender la radio. Yo, perdido, me limité solo a mirar las gotas que desafiaban la gravedad y subían por el parabrisas.

Que el dentista haya confirmado que necesitaba aparatos fijos era como mínimo una condena a ser invisible.

En el mejor de los casos pasaría inadvertido para todas las chicas de la escuela, del barrio y del mundo por los próximos meses, años o quizás para siempre. Con mi suerte, estaría destinado a esperar el timbre de cada recreo con la vergüenza del boxeador abatido, ese al que no dejan de pegarle frente a todos y solo tiene de su lado a la puta campana.

En los primeros meses aprendí algunas lecciones valiosas. Aprendí que era imposible comer sanguches de milanesa camino a gimnasia sin hacer papelones; aprendí que un pelotazo inesperado convertía al picado de los recreos en un deporte de riesgo y de una forma mas dolorosa, aprendí en manos de Pinelli antes de que sea expulsado, que nunca pero nunca uno debe agarrarse a trompadas usando aparatos fijos.

Espere durante meses buenas noticias del dentista con la esperanza de que estas llegarán antes que el Chevalier Coche-Cama que todos los años nos llevaba de vacaciones a la costa. Pero mis dientes no compartían mi apuro.

Una noche en la plaza San Bernardo nos encontramos. Ella era una explosión de rulos y su sonrisa mostraba que compartíamos las mismas miserias. Apenas nos vimos nos sentimos atraídos como imanes.

Dicen que los imanes pierden su campo magnético cuando son expuestos a altas temperaturas. Esa noche los dos ardíamos pero los electrones del mundo seguían de nuestro lado.

La fuerza doblaba nuestras bocas, que ya cerca se chocaron con fuerza como dos polos que ya no pueden resistirse a vivir separados.

Nos besamos. Nos enredamos con ganas y con bronca. Como queriendo liberarnos.

Nuestros besos sacaban chispas que iluminaban el cielo mientras en los parlantes de la plaza, la ‘Bestia Pop’ de los Redondos se consagraba como la canción del verano. “A brillar mi amor, vamos a brillar mi amor…”

FIN

(Gracias Vicky, Pame & Tincho por todos los aportes notables para la historia 🙌🏻)

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