Roja de amor

De esas cuarenta y cinco mil personas, ninguna había ido para verlo a él.  Su trabajo no era fácil, ya que era responsable de impartir justicia en un deporte que no es para nada justo.

Mientras los veintidós protagonistas entraban en calor bajo las miradas de todo el estadio; en la oscuridad y soledad el vestuario de árbitros él repasaba una lista con los peores recuerdos de su vida; Las burlas de sus compañeros de primaria por sus aparatos fijos. El Valiant nuevo y sin seguro qué le robaron en la puerta de su casa o cuando Susana lo dejo con el corazón roto y el estomago vacío al irse con el carnicero

Ese listado doloroso pero altamente efectivo, lo ayudaba a borrar cualquier vestigio de jubilo de su cara. Un requisito excluyente para su despreciada profesión.

Ya en el partido, en una patada descalificadora cerca del banco de suplentes levantó la mirada a la platea; le gustaba buscar a insultadores profesionales, esos que de forma ininterrumpida a lo largo de los noventa minutos reglamentarios despliegan toda su creatividad al servicio de humillarlo. Esos eran rivales dignos de respeto. 

Por suerte, o por desgracia, encontró con camiseta suplente, jeans, pelo rubio y mas linda que nunca a Susana. ¿Qué hacia ahi? ¿Ahora le gustaba el futbol? ¿Habría ido para verlo a él? ¿Podría volverle a comprarle chorizos rellenos al Carnicero? 

Con muchas dudas y oficio, fue volcando el partido para ese lado de la cancha. Como si eso le permitiese volver a estar un poco mas cerca de ella.   

En el ocaso del primer tiempo, aprovecho una falta para pitar fuerte y tener otra vez en él los ojos marrones de Susana. Y cuando las miles de almas enmudecían en ese segundo eterno, víctima de un acto reflejo le tiro un beso. Un beso como el que cada noche le tiraba cuando ella bajaba del Valiant y corría con sus rulos rubios a refugiarse en la luz del zaguán.

Ahora el turno de impartir justicia fue del VAR, que lo dejaría en offside repitiendo el beso en todas las pantallas del estadio. Dilapidando un una jugada su carrera y su insensibilidad intachables de años.

Entre el desconcierto propio y los empujones ajenos, terminó el primer tiempo y se metió corriendo en el túnel antes que inflen la manga para no volver. Nunca más nadie supo de él.

El partido termino empatado sin goles. Esa noche solo ganaron el amor y el cuarto arbitro, que por primera vez volvió al vestuario transpirado y feliz.

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