La vuelta del perro.

Esta semana veía un video en WhatsApp, era un fragmento de una película que me quedo dando vuelta en la cabeza y decía: “Uno no extraña un país, uno extraña el barrio. Y ese barrio lo extrañas estando a 10 cuadras o a 5000 kilómetros” como yo estoy ahora.

Cada vez que tengo la posibilidad de ir argentina, sea por trabajo o a visitar a mi familia, doy la vuelta del perro. Un recorrido, casi de memoria, por las 3 manzanas que marcaron gran parte mi vida en villa madero.

Ese recorrido arranca en la calle Junín casi Vélez Sarsfield, donde ahora viven mis viejos y caminando hacia la calle Talcahuano.

Pasando por la fabrica de German, que nunca supe que hacían, pero estaba muy bueno meterse a curiosear una vez que la cerraron y luego la casa de los dos hermanos, que no recuerdo se llamaban, pero nos ayudaban a conseguir entradas y cupones de socios cuando íbamos a ver a River.

En la esquina antes de doblar, imponente la casa abandonada donde nunca supe si vivía alguien, pero su estructura siempre me fascino. Alguna vez en otro texto les contaré la vez que ví un ovni ahí. En frente la casa de la entrerriana (forma de llamar a los oriundos de Entre Rios) y el marido que siempre salían a la tarde a tomar mate a la puerta y otra casita con tapial, nunca supe mucho de quienes vivían ahí pero tenían un perro blanco, chiquito y malo. Recuerdo que se habían puesto un kiosco improvisado donde atendían por la ventanita de la puerta y para mi grata sorpresa vendían bombitas de agua que hicieron que ese sea un gran verano.

A mitad de cuadras de un lado la casa de Doña teresa y el marido, a quienes conocí ya siendo viejos y guardo un hermoso recuerdo de cuando me inflaban las ruedas de la bici. Su fondo lleno de plantas visitaba bastante seguido para buscar la siempre infaltable pelota que volaba por arriba del tapial.

Al lado la casa de mi abuela Chola y mi tío. Si bien luego se mudaron, fue demolida y en su lugar se construyo un Chalé, esa casa era increíble! Pasto adelante, una entrada para autos a la izquierda que siempre estaba ocupada por el Fiat 600 (o Fitito) rojo de mi tío. Un hermoso y gran fondo verde con un árbol de ciruelas, muchas gatapeludas y alguna vez un caballo. No me pregunten como llego ahí, pero si busco bien tengo alguna foto en un poni.

Al lado, medianera de por medio, la casa donde viví toda mi infancia y adolescencia. Primero de una sola planta, con dos habitaciones y buen parque hasta que en los 90’s construimos la planta superior donde mas de una vez me caí de las escaleras, pero tuve mi propio cuarto. De esa casa tengo hermosos recuerdos, pero cortar el pasto con el calor del verano o poner luces navideñas para mi mama son dos que siempre se me vienen a la mente no tan agradables.

Enfrente de mi casa vivían Nacho & Mariano, dos hermanos mas grandes que yo que fueron los responsables de mi pasión por la tecnología. Tenían una Comodore 64 (la única del barrio) donde jugábamos juegos de data-set y nos metíamos en la pileta. En la casa de Nacho & Mariano me pasaba todo el día, jugando video games, escuchando Queen y jugando en una terraza de baldosas, que hervían en verano, al futbol. Algún día contaré mas de ellos.

Siguiendo por la cuadra una casa muy linda y blanca, bajita que la recuerdo por tres cosas fundamentales. Primero vivía una señora grande (no quiero sonar irrespetuoso diciendo vieja), segundo porque hacían helados que era un gran punto y tercero porque estaba el único teléfono de la cuadra. Recuerdo a la señora viniendo a casa para avisar que había llamado.

Continuando por Talcahuano, la casa de Mara amiga de la niñez y luego promotora de seguros de la familia y la casa de Karina con un jardín desprolijo adelante pero muy buen fondo, donde en algún momento supo vivir una vaca. Esa puede ser otra gran historia.

Al lado de la casa de Karina estaba la joya de la corona. Una fabrica que cambiaba de dueño y rubro cada dos/tres anos. Supo tener una pulidora de placas metal, que empleaban bolitas para sacar brillo a los chapones. Una vez usadas las bolitas, que resultaban quedar cuadradas, la usaban para hacer la vereda o construir las paredes. Razón por la cual el pasatiempo favorito de nosotros era destruir ambas cosas para robarnos las bolitas del cemento.

Después de la fabrica estaba la casa de Leo, el amigo mas “grande” de la cuadra, con un galpón grande lleno de herramientas que siempre quisimos, pero nunca pudimos usar. En esa casa recuerdo una vez una discusión, una pelea y un auto dando marcha atrás que atropello a alguien. Voy a hablar con mis papás para que me cuenten más. Fue el secreto peor guardado de la cuadra.

Al lado de Leo, estaba Judith que se ganó el amor de las madres por dar clases de gimnasia en el garaje y el odio de los chicos por pinchar todas las pelotas que terminaban en su terraza. Frente a Judith estaba “Poroto” recordado por dos muy nobles profesiones. Ser el remisero oficial de la cuadra y hacer pan dulces para las navidades.

Doblando la esquina había tres casas emblemáticas. La casa de Martin y sus mil hermanos que estaban siempre en la puerta, la casa de Guillermo que tenia la mejor casa de la manzana, con pileta y quincho, donde vi la final de Argentina – Alemania del 1986 y la casa de Analia, compañera de la primaria donde una vez se soltó el perro y terminé en la salita del barrio con tres puntos en la pierna.

Llegando a la esquina hay dos. A la derecha “La fomento” que combinaba salita del barrio (donde fui cuando me mordió el perro) cancha de papi futbol de baldosas (Donde me he raspado la rodillas varias veces) y la radio en el primer piso, donde los jueves a la noche teníamos con Anchu & Pumpido el programa radial.

A la izquierda había lindas casas, pero el lugar estratégico más visitado era el kiosco. Abierto 24×7 pero tenias que tocar timbre (donde no llegaba al principio) para que te abra y atienda por una ventanita bien chiquita. Ese kiosco tenia de todo, incluyendo tres cosas que hoy deberían estar prohibidas por bromatología: Naranju (una especia de jugo de naranja congelado en un plástico que chupabas), mielcitas (unos plastiquitos pegajosos que también chupabas) y helados de agua descongelados. Siempre compraba el de frutilla del payaso (con chicles en los ojos) pero cuando lo abrías parecía que lo había atropellado un auto.

En la próxima cuadra, ya sobre primera junta llegando a Culpina la casa de Alejandro a la derecha, amigo de mi papa donde supe ir a una foniatra -creo- porque no sabia pronunciar la R, y justo en frente la última casa de mi tío. Donde vivió sus últimos años, pasillo al fondo.

Cruzando la calle Culpina, caminando por primera junta hacia la “otra” casa de mi abuela (donde se mudaron) estaba la farmacia de familiar en la esquina, donde compraba forros porque conocía al farmacéutico. Unos metros mas adelante la galletería de los dos hermanos (el gordo y el flaco) donde metíamos la mano en las latas para robarnos vainillas y casi en la esquina el segundo Kiosco, que contaba con video juegos donde pase muchas tardes jugando Pacman, Moon Patrol & Wonder Boy.

En esos últimos 50 metros antes de la casa de mi abuela, la casa de “rosita”, la amiga de la nona y otra fabrica que nunca supe que hacia, pero me llamaba siempre la atención.

A mitad de cuadra estaba la casa de mi abuela. Otra vez pasillo, al fondo, el ultimo de tres dúplex. En el primero vivía un amigo de papá “Carlín” que era el relojero del barrio y buen jugador de Paddle, en el medio había dos nenes que jugaban poco afuera pero recuerdo que les gustaba el folklore y tocaban el bombo, y al final del pasillo, después de un portoncito blanco, la casa de mi tio, mi abuela y Mico, un pekinés negro. Con los tres he pasado muchas tardes hermosas de meriendas, me quedaba a dormir, escuchábamos música brasilera, charlábamos y ya de adolescente guardaba mi moto.

Esas cinco cuadras son mi vuelta del perro. Mientras las camino, recargó energías, me hago chico y me conecto con olores, charlas, risas y amigos que empiezan a salir de esos recovecos muchos recuerdos.

Si pudiese, metería esas cinco cuadras en un globo de cristal para llevarlas siempre conmigo. Y ya sea a 10 cuadras o 5000 kilómetros, sentirme que sigo en mi barrio querido.

FIN

Taller Literario día #6 ; vaciar la cabeza y escribir sin pensar 20 minutos.

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